«Coleando a campo raso», de Icaza

QUERÉTARO | Jesús Torres Briones

El ejercicio de colear es muy antiguo en México. Primero se usaba como una faena campirana, cuando un toro huía, es decir, para restar poder a la bestia y hacerla volver a donde estaba todo el hato. Después de revolcarlo una o varias veces, se mostraba dócil.

El peligro, la emoción y la virilidad del lance, así como la habilidad, destreza y el dominio sobre el corcel que se requieren para ejecutarla, hicieron que se constituyera en una de las diversiones favoritas de los rancheros.

Es difícil determinar una fecha concreta del nacimiento de esta suerte. Sin embargo, los registros indican que ya se usaba en México a mediados del Siglo XVI. Cuenta la leyenda que un fraile mencionó que el 6 de Diciembre de 1568 vio como un jinete español corrió trás de un toro fugitivo por un prado muy ancho y espacioso, lo asió de la cola y lo derribó con la pierna.

Otra noticia específica del uso del coleo en México lo encontramos en la obra Rusticatio Mexicana del poeta Rafael Landívar (Guatemala, 1731), publicada en Módena en 1781, donde se narra que si algún toro se dispone a huir, al punto un mozo, dando rienda suelta a su caballo, sigue veloz al desertor hasta que, fatigado de la carrera, le agarra de la cola, hace que el caballo tome una dirección contraria y derriba al toro para conducirlo de nuevo al hato.

Nuevamente es la descripción de la faena en campo abierto, testimonio del que se conoce el coleadero desde hace muchas generaciones.

[…] Y si alguno (toro) acelera la fuga, y se apresta a dejar
la manada, al instante un vaquero, soltando las riendas,
apremia al caballo agitando talones, y sigue al que vuela
hasta que asido del rabo al cansado por larga carrera
lo vire al contrario, y al toro derribe en el agro;
con ello, la pena severa lo lleva advertido hasta el hato.

Rafael Landívar. Rusticatio Mexicana. Libro X ‘Los Ganados Mayores’

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Asimismo, Domingo Revillas escribió en 1844:

… acerca de dónde tuvo su origen el arte de colear, si puede llamarse arte, hablando con propiedad, no cabe duda que fue en esta parte de la América que se llamó Nueva España, pues aunque de la antigua se trajeron el toro y el caballo, no se sabe que en la península se haya dedicado a tan riesgoso ejercicio. Se ignora esde cuándo se empezó a hacer uso de la diversión, pero se infiere que ha de haber sido en los Llanos de Apan…

 

Pero dejemos que sea uno de los más grandes charros de la historia, Carlos Rincón Gallardo, Marqués de Guadalupe, quien nos ilustre en esta primera parte de este artículo sobre la recia suerte del coleo mexicano.



 
Extracto tomando del Libro del Charro Mexicano, del General Carlos Rincón Gallardo

COLEAR

En el sentido charro de la palabra es deribar a una res, o una bestia caballar, en plena carrera, tirándola del rabo. La suerte se efectúa corriendo paralelos el caballo y el animal que se va a colear, ya sea al lado de un muro que se llama lienzo y también corredero, o en campo abierto, o en plaza de toros.

Esta suerte, perfectamente ejecutada, es harto difícil, y la prueba de ello es que coleadores elegantes y clásicos son contados. En este ejercicio, los caballeros han sobrepujado siempre a los profesionales.

La mejor manera de cortar los toros y encajerarlos para colear es sirviéndose de una garrocha que se compone de vara de otate con punta metálica de tres hilos, en uno de sus extremos un botón a cinco centímetros de dicha punta. La parte metálica va encajada en la vara; el pincho de hierro se llama ‘chuzo’. Mide veinte centímetros. En lo bajo del chuzo va un botón que suele ser ‘chomiteado’. La garrocha con chuzo y todo miden dos metros de largo.

Yo clasifico a los caballos coleadores en tres categorías, a saber:

  • Los caballos que hacen al charro colear
  • Los caballos a quienes el charro hace colear
  • Los caballos que no dejan al charro colear

Los caballos pertenecientes a la primera clase, rarísimos por cierto, son aquellos que tienen una disposición natural para colar, que se pegan lo necesario, que no se endurecen ni se abren sino hasta que el coleador ha amarrado bien y, en suma, que le facilitan la ejecución de la suerte al charro que los monta.

Los pertenecientes a la segunda son los que obedecen pero a quienes hay que obligar y se aprovechan de cualquier cosa para evitar que el charro colee. Los pertenecientes a la tercera son los que detestan la coleada, que bronquean en el partidero, que no se logra que se peguen, que se abren antes de tiempo y, en suma, que impiden al charro colear.

A mi entender, el modelo ejemplar de perfección de un caballo coleador sería un cuaco de raza cuarto de milla, de un metro cuarenta y cinco centímetros de alzada de la cruz al suelo, siempre que estuviera debidamente educado.

En los coleaderos debe darse el primer lugar al coleador de más respeto, al veterano héroe de muchas travesadas; y una galantería de hombre de a caballo es, para cualquier coleadero bueno, salir del corral de encierro tras del toro, con la cola en la mano, y en fuerza de carrera dársela al maestro quien, dando gracias, la toma, arciona y amarra.

Recuerdo allá en mis primeros años de coleador, cuando corríamos en el lienzo de San Carlos, en la Hacienda de Ciénega de Mata, el primer toro se lo lleva mi ilustre e inolvidable padre, que santa gloria haya; pero no sin que el Chato Espinoza, de feliz recordación, saliera con la cola en la mano, gritándole con todo respeto a mi padre: «En el nombre de Díos, aquí está la cola su señoría», y mi señor padre, que Dios tenga en su gloria, al tomar la cola en plena carrera, le contestaba a aquel charrazo: «Gracias Agustín, a tu salud». Entonces levantaba la pierna, arcionaba, amarraba bajo, abría su remuda y tumbaba. Yo abriendo tamaños ojos aplaudía a más no poder, pues aquello me parecía de perlas. ¡Qué tiempos los de entonces!

COLEAR EN LIENZO O CORREDERO

El charro que vaya a colear no ha de llevar pantalones con botonaduras, porque las cerdas de la cola se enredan en los botones y, además, suelen lastimar la mano. Debe usar pantalones lisos y mejor chaparreras, sin las que charro en verdad no debe travesear; las espuelas serán coleadoras, o lo que es lo mismo, de casquillejos cortos y de seis espigas pequeñas, filosas y puntiagudas.

El barbiquejo, que debe ser de gamuza, se ha de llevar calado en la barba y no en la garganta; requisito indispensable para no perder el sombrero en la carrera.

Las arciones se usan más bien cortas, porque no se puede colear bien con arciones largas. Para ajustar el largo de las arciones, tómese la medida que los sastres llaman de entrepierna o de tiro, que es estando el charro de pie con las piernas un poco abiertas, de la entrepierna al suelo, siguiendo la línea de la pierna.

Esa medida deben tener las arciones, tomándola desde la constura de la mantilla o sudadero del caballo ensillado (costura que se encuentra sobre la espina dorsal del bruto y en medio de las tablas del fuste), hasta el piso del estribo.

Al entrar el coleador al lienzo, lo paseará todo porque en él pudiese haber algún engaño o para cerciorarse de que no hay agujeros o piedras, ni cosa que pueda ser motivo de una desgracia. Enseguida, le dará su caballo una carrera de todo el largo del lienzo sin darle cuara, en la dirección en que ha de correr después. Esto se hace para que conozca el corredero.

Luego pasará al corral de encierro a revisar el ganado y ver los toros que tengan buenas colas, los que estén rabones, ver si tienen espinas en las cerdas; los de hartas libras, los de muchos pies, etc., pues de no tomarse tal precaución ocurre con frecuencia que el coleador pasa molestos asombros cuando va encajerado.

Por ejemplo el charro le parte a un toro, sin saber si éste tiene buena cola o no; se agacha, coge el rabo y cuando llega a las cerdas, suponiendo que están largas y abundantes, quiere estirar; y se encuentra con que están muy escasas, se le resbalan y no derriba.

También ocurre que al ir a amarrar, el charro siente que las cerdas están llenas de espinas, que le lastiman la mano, y al querer jalar no lo puede hacer por que los pinchos lo obligan a soltar la cola. Un buen charro toma todo género de precauciones antes de lanzarse.

El coleador se coloca en la salida del corral de encierro, inmediatamente afuera, en el caso de que la puerta sea angosta; pero si fuere suficientemente ancha, de dos metros ochenta centímetros como debe ser, entonces el coleador se puede colocar bien adentro del corral para salir con el toro.

Esto resulta muy ventajoso, y más aún si al lado estuviere un hombre de a caballo, bien montado, que le haga sombra al correr. Hacer sombra o hacer lado es correr paralelo al toro, de tal manera que la cabeza de la res vaya a la altura de la pierna del jinete para que el toro no se atraviese y corra perfectamente derecho, y cuando el coleador amarre, el que va haciendo sombra o lado se abre.

El charro estará listo para colear con su caballo bien preparado, y llevando la silla suficientemente apretada. Usará chaparreras, y si acaso, unos cuandos botones desabrochados en la parte donde la pierna se dobla para así tener mayor soltura.

En la mano siniestra llevará la rienda y si el caballo lo requiere, también la cuarta, ésta colgando del dedo de enmedio de la misma mano.

Siempre que se vaya a colear se quitará al caballo el gargantón o cabestro, pues de no hacerlo así hay peligro de que el charro, al arcionar, enganche la espuela en el gargantón, lo que puede acarrear penosas consecuencias.

Si el caballo lleva dos riendas, habrá que tomar las dos, pues si se deja colgando la falsa rienda, el jinete tal vez atore la espuela en ella al arcionar. Para no llevar la falsa en la mano, y al mismo tiempo impedir que estorbe, se tuerce en la rienda y así no se desprende de ella ni cuelga.

Tampoco es bueno colear en caballo que lleva rienda limpia, pues si se revienta un cabestrillo, si se atora en uno de los chapetones de la cabezada o en el gancho de la barbada, el jinete se encuentra harto embarazado.

Por lo mismo es de recomendarse que siempre se use en el caballo, jáquima con ronzal o cuando menos bozal; y que en este último caso, el cabestro lazando la cabeza del caballo pase la lazada por la nuca, entre las orejas y el sobrante por dentro del bozal, y vaya a terminar amarrado a los tientos delanteros del lado de montar. Así, en el caso de una reventada de rienda, podrá el jinete detener el caballo con el cabestro.

Al salir el toro, se arranca el caballo así el novillo como si les fuera a dar un caballazo en la paletilla; pero se observa antes que si el toro lleva las orejas para atrás, pues de llevarlas así, será señal de que va encajerado y por tanto no se detendrá.

Si al contrario, las lleva hacia delante o movedizas, es este indicio de que aun no se ha encajerado y va vacilante. En tal caso no se le cargará el caballo decididamente sino hasta que se encare para evitar que se siente de improviso.

Al arrancar, el jinete dirá «En el nombre de Dios», llevando el codo a lo alto del hombro, la mano de tal manera que la uña del pulgar apunte para abajo, y con el dorso de la mano derecha abierta se arriscará la lorenzana o la parte anterior del ala del sombrero para saludar a los concurrentes, y yendo ya emparejado al toro y en plena carrera, bajará la mano hasta darle con ella un buen manazo al cornudo en el lomo, para encajerarlo y saber si patea.

Con la mano izquierda regulará, por medio de la rienda, la velocidad del caballo con la del toro, teniendo cuidado de levantar el codo; la mano derecha, después de haberle dado la palmada al toro, irá deslizándose por el lomo, las andas y la cola, hasta llegar a agarrársela por las cerdas que quedan después del maslo, enderezándose prontamente con la cola en la mano.

El charro al inclinarse para tomar la cola ha de ir cargando el peso del cuerpo sobre el estribo del lado de montar y viceversa, y llevará el talón izquierdo hacia afuera para no prender a su caballo con la espuela. Al hacer esto, su asiento irá ligeramente desplazado para afuera.

Los más de los coleadores, que son malos, hacen lo contrario; cargar el peso sobre el estribo del lado en que va el toro, y al agacharse, se agarran o se detienen de la espuela contraria, que le encajan al caballo en la barriga.

Esta es una de las razones por las cuales los caballos se echan a perder, pues por un lado les encajan la espuela y por el otro lo jalan de la rienda, dando por resultado que se desesperan; además, el charro se ve mal.

Inmediatamente levantará el pie derecho que hará pasar por sobre la cola con todo y estribo, sin soltarla como si fuera a dar un agarrón de espuela al caballo por la paletilla, y amarrará quedando la mano en la extremidad de la cola por la parte de afuera del estribo y cerca de éste, lo más bajo posible. En este preciso momento, el charro abrirá su caballo hacia la izquierda para derribar fuertemente.

Es cosa común ver a individuos que al abrir al caballo ven al cielo, yendo muy derechos, sueltan la rienda y azotan atrás con toda la cuarta, o adelante, dejando caer el tiro y la manija de azote sobre el pescuezo del caballo del lado de la garrocha.

Pero por regla general no se debe soltar la rienda al colear, ni azotar, máxime si se trata de un caballo que va cumpliendo su deber, y jamás se ha de ver para arriba ni ir derecho. No hay que ver al cielo, por que el coleador debe mirar al animal que está coleando; y no ha de ir derecho sino ligeramente inclinado adelante y hacia afuera para quitarle así peso al caballo del tercio posterior, y para estirar naturalmente.

Aquí será de gran utilidad el haber enseñado al caballo a obedecer las ayudas indicadas en a escuela europea pues si en tal momento el charro aplica la pierna izquierda detrás de la cincha, echará el peso del cuerpo al lado de montar, y el animal inclinará su tercio anterior hacia la izquierda, y el posterior a la derecha; lo primero por indicación de la rienda e inclinación del cuerpo, y lo segundo por la aplicación de la pierna izquierda, lo que se requiere para que el toro ruede de caída redonda por el tirón de la cola lateralmente y efectuado en plena carrera.

El jinete, al estirar, vuelve la cara a ver como el toro cae. Una vez caído este, le soltará la cola, y después irá parando su caballo poco a poco, y regresará luego a su punto de partida, dando vueltas sobre el lado de montar, al tranco, con la rienda floja y el caballo relajado para que tome resuello, y esperará su turno de volver a colear, lo que sólo hará si su caballo ha vuelto la respiración normal.

Se puede colear por el lado derecho y por el izquierdo; por este lado se suelen colear los toros que ya han sido coleados bastante por el derecho y que, por lo mismo, se han hecho mañosos por este lado, y se defienden.

COLEAR A PUENTE DE FRENO

Es inclinarse y tomar la cola desde lejos, siguiendo al toro, o lo que es lo mismo, cuando la cola del toro está al parejo del puente del freno del caballo.

Así se colea con más rapidez y facilidad, pero también con mayor riesgo, pues el caballo puede tropezar con las patas del toro. Se acostumbra colear así a los toros que ya se han coleado.

Colear, como todas las suertes del jaripeo, es susceptible de adornarse de manera más o menos vistosa y atractiva, de modo que, una vez descrita esta suerte como debe ejecutarse, cabe agregarle desplantes.


  • Federación Mexicana de Charrería. (2010). Charrería: Origen e Historia de una Tradición Popular. México D.F.: Federación Mexicana de Charrería.
  • Carlos Rincón Gallardo. (1940). El Libro del Charro Mexicano. México D.F.: Porrúa.
  • José Álvarez del Villar. (1981). Hombres y caballos de México: historía y práctica de la charrería. México D.F.: Panorama.
  • Diego Onésimo Becerril López. (2008). La Charrería en verso y prosa. México D.F.: DOBL.
  • Federico H. Alcocer. (2011). La Charrería en Querétaro. Santiago de Querétaro: Poder Ejecutivo del Estado de Querétaro.
  • Rafael Landívar. (1781). Rusticatio Mexicana. Módena: Sociedad Tipográfica de Módena.