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«Montando toro», de Gustavo Morales (1915)

La charrería, entendida como actividad cuya esencia huele a campo, sabe a tierra, se realiza entre el hombre y el caballo, es herencia ancestral porque surgió de una necesidad y su labor trascendió como ejemplo de tesón y dominio de los naturales, que se hacen a lomo de equino y se forman de esta manera para evitar la esclavitud y sometimiento, de los “poderosos” conquistadores y feudales hacendados.

El devenir exige celebrar, por ello se convierte en fiesta, regocijo importante entre colonizadores e indios, el tiempo promovió cambios, inventaron suertes y faenas; en la actualidad se ha reglamentado todo eso y amalgamó así a miles de familias, a cientos de aficionados, se transformó en deporte de alto rendimiento y espectacular, es motivo de convivencia, fraternidad, unidad y ejemplo a los demás de paz y concordia, es de México para el mundo.

La historia reza que con la llegada de los colonizadores -en 1492- a la Nueva España, impactan con sus cabalgaduras a los indios, incluso con armas y caballos someten a los nativos, que desconcertados admiten el dominio y sometimiento, por su naturaleza misma no se quedan cruzados de brazos, aprenden, conocen y marcan pautas, lo que a través del tiempo se convierte en faena campirana, necesidad de trabajo y transformación, inventan la rueda, conocen cultivos y todo cambia para bien de ellos, hoy día para mucha gente y ubica identidad nuestra en cualquier parte del orbe..

Con Sebastián de Aparicio como precursor e instructor -a mediados del Siglo XVI-, aparece lo que sentó como medio de vida y se convierte en amansamiento de bestias de montura, además de ocupar animales para labranza de tierras, lo que hoy es una realidad, antes fue dualidad entre caballo y jinete, que se convirtió en diversión de pudientes en las grandes haciendas y una función festiva de los naturales, naciente cualidad y proyección de talentos, tal como se da en nuestros tiempos, ¡eso es charrería!, con origen en Azcapotzalco y Tlalnepantla, Hidalgo, Puebla y Jalisco, presumibles cunas charras.

Para las grandes ocasiones, antaño se hacía una fiesta de jineteo, donde dominaban al penco y se regocijaban los “señores”, empezaron el manejo de la reata, supieron el herradero de cabalgaduras y los “secretos” para una buena monta, ¡así nacieron los talentos!, así heredaron a los suyos las formas de trabajo y cala de los equinos de pura sangre y estirpe como los hacendados, celosos de ser arrebatados por la inteligencia y capacidad de los indios, hasta que un día, fue condición de guerra hombre y caballo, historia interminable, ancestral y admirable.

Tradición naciente, la fiesta a caballo. Costumbre de pueblo, con la naciente terna al toro, en la cura o doma, herraje al caballo y la crianza, origen de altura, por linaje y exigencia; de Europa las razas, distintas y de calidad para faena, festejo o carrusel; ahora se conoce a los caballos que son utilizados para la doma, salto de altura, de carrera, de rejoneo, de compañía a la dama charra, de comparsa al charro y jinete, ¡eso es charrería!, que al paso de los años ha tenido reglas para preservar la raza y protección al animal considerado el mejor amigo del hombre.

Faltarían líneas y más tiempo para describir su rica historia, el legado del hombre al mismo ser; la calidad equina de pureza y trato, el manejo de las cabalgaduras como dualidad importante, con hombre o mujer, los que talentosos convierten en excelso espectáculo su práctica cotidiana. Hoy se llama charrería organizada, integra a cientos de niños, niñas, hombres y mujeres de todos los niveles socio-culturales en una festividad en un lienzo y trasciende en evento de unidad y competitividad, al convocar a representaciones de todo el país, de ahí emana el virtuosismo del ser, talento natural que es imán y provoca alarido, es el Campeonato Nacional, hecho tradición y regla, un regalo vigente.

Para el mes de octubre -del 7 al 25-, en la ciudad de Querétaro, con sede en el Rancho El Pitayo, enclavado en Santiago, Querétaro, acogerán a 126 equipos, 90 escaramuzas y 15 Charros Completos, como colofón exitoso de cuanto ha sucedido en competencias estatales y eliminatoria de toda naturaleza hasta llegar a lo más connotado de la charrería, son íconos de esta actividad campirana hecha deporte, que deleitarán al público, espectadores exigentes que gustan de las competencia de alto voltaje, ahí estarán ellos y ellas, las hermosas damas charras y sus arriesgados ejercicios.

La fiesta es seria, ritual que integra a toda la familia por generaciones y es tanto el apego, que la grada del lienzo charro estará plagada de aficionados, en el deleite de cada una de las suertes y faenas, al final el cerrojazo de premiación, en el que la jerarquía sellará la actuación de ellos, los tres mejores en cada especialidad, equipos charros, escaramuzas y charros completos. El análisis, sin duda redituará el objetivo cubierto a plenitud, directivos, afiliados, familias, asistentes, espectadores y pueblo en general podrán señalar: ¡misión cumplida…!

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